“Vayan, pues, a las gentes de todas
las naciones, y háganlas mis discípulos, bautícenlas en nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (San Mateo 28; 19-20)
Cuanto nos hemos acostumbrado a
leer y oír este versículo del evangelio. Tanto nos hemos acostumbrado que le
hemos perdido la dimensión a su significado, y verdaderamente eso es un
problema si nos consideramos o queremos llamar discípulos y cristianos.
Y es que este no es un pasaje
bíblico, de particular belleza literaria, o letra muerta. No, no lo es… Lo que
significa, lo que es realmente, y no lo estamos viendo bien, es un
comprometedor desafío con el que el propio Jesús cerró su ministerio terrenal.
Distíngase dos cosas: 1- La
promesa de salvación (1)
es CREER en ÉL y eso nos convierte en sus hijos y herederos del reino; y 2- la
distinción del llamado al DISCIPULADO es la del COMPROMISO. Lo que viene con el
deseo de servir a Dios es lo que nos tiene que llamar a la meditación. La
salvación, en el momento que CREÍSTE en el Señor Jesús, la ganaste por GRACIA
pues Él pago el precio de ella con SU vida; tu nombre fue grabado ya en el
Libro de la Vida, pero en el caso del llamado de Jesús a ser su DISCÍPULO es
cuando debemos de tener consciencia del COMPROMISO.
Jesús no terminó su obra en la
tierra (donde era igual a nosotros en la fragilidad de la carne, pero no en el
pecado), en la cruz o con su resurrección. Eso significó el punto cumbre de SU
plan de salvación para nosotros, pero su ministerio aquí, lo concluyó con un
DESAFÍO para los que Él mismo había escogido... con ese llamado a hacer
discípulos suyos a todas las gentes de todas las naciones, y sí… el compromiso
es para nosotros, porque ÉL NOS ELIGIÓ y LLAMÓ POR NUESTRO NOMBRE PROPIO.
Jesús nos lanza un desafío. Ese
desafío es contundente y claro. Incluso nos advertía desde antes: “Luego Jesús llamó a sus discípulos y a la
gente, y dijo: -Sí alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo,
cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá;
pero el que pierda la vida por causa mía y por aceptar el evangelio, la salvará
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? O también,
¿Cuánto podrá pagar el hombre por su vida?” (San Marcos 8; 34-37) No se
entienda que Jesús, que en sí mismo es la mayor prueba física del amor de Dios
para nosotros, nos lanza una amenaza!... esa sería una mentira del diablo; lo
que hace el Señor es desafiarnos a seguirle, pues ya nos salvó… ahora quiere
más de nosotros.
¿Qué significa DESAFÍO? Dice el
diccionario que desafío es la acción y
efecto de desafiar, un verbo que hace referencia a competir, retar o provocar a
alguien. Jesús nos lanza un RETO. Tenemos que entender las implicaciones.
Es una “competencia”, no para ganarle a Él algo, sino para con Él compartir la
construcción de SU reino. El desafío implica compartir con Él sufrimiento y
persecución, pero significa también que, al final, cual un deportista cuando
llega a la meta, recibiremos una corona.
El deportista, para ganar, se
prepara. Adopta una dieta y una rutina de ejercicios. Ese ejercicio diario es
el que lo prepara para la competencia. En nuestro caso, ese ejercicio diario es
nuestra fe. La fe, dice la palabra de Dios en Romanos 10; 17, es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios. O
sea, nuestro ejercicio de fe es POR LA PALABRA DE DIOS.
Ahora bien, también la misma Palabra de Dios nos enseña que NO es letra
muerta, Su palabra es viva y eficaz (Hebreos 4;12-13). Si su palabra es viva,
no sólo se tiene que leer, sino meditar y vivir.
Entonces, nuestro discipulado requiere COMPROMISO y EJERCICIO DE LA FE, que
significa, entre muchas cosas, actuar según su palabra, vivir según el ejemplo
de Jesús y la voluntad de Dios y arrebatar para nuestra vida diaria las
promesas de Dios, creerlas y vivirlas, pues es la única manera para
prepararnos, aplicar la fe y así ganar la carrera y obtener la Corona.
La cuestión del llamado de Dios a ser sus discípulos es entonces, si
estamos dispuestos a ser salvos por Su Gracia, o si además, queremos ser
constructores con Jesús del Reino Eterno de Dios.
¿Qué nos lo
impide?
Al vivir en este mundo, a pesar que sabemos que no pertenecemos a él, nos distraen
y preocupan muchas cosas materiales, que llamamos obligaciones.
Creo que la exhortación más dura que Pablo hizo durante su apostolado, fue
a los de la Iglesia de Galacia. En su carta a los Gálatas, capítulo 3 versículo
1 les dice: “¡Gálatas, duros para
entender! ¿Quién los embrujó?” Pues bien, más adelante en el mismo capítulo
3, nos dice en el versículo 16: “Ahora
bien, Dios hizo sus promesas a Abraham y SU DESCENDENCIA. La Escritura no habla
de ‘descendencias’, en plural, sino en singular; dice ‘descendencia’, la cual
es Cristo.” Si Dios desde Abraham, nos hizo una promesa a sus
descendientes, incluido Cristo, ¿cómo es que desconfiamos?, sigue una frase en
versículo 17 de la misma lectura que lo aclara, pues dice “Dios hizo una alianza con Abraham y la confirmó…”
Si ya conocemos la infinidad de promesas de Dios para con su pueblo, que
nació del pacto que Él hizo con Abraham, gracias a su FE, entonces ¿qué nos
impide lanzarnos al compromiso de ser discípulos, sin preocuparnos por lo
material?, cómo cuando envió sus discípulos, según narra el Evangelio de San
Marcos 6; 8-9: “Les ordenó que no
llevaran nada para el camino, sino solamente un bastón. No deberían llevar pan
ni provisiones ni dinero. Podían ponerse sandalias, pero no llevar ropa de repuesto”.
Entonces ¿cómo, pregunto yo, vamos a crecer en la fe? Si sabemos de memoria que
la su palabra nos garantiza: BUSCA EL
REINO DE DIOS Y SU JUSTICIA, Y TODAS ESTAS COSAS OS SERÁN AÑADIDAS (Lucas
12:31).
Pero es que, además, yo quiero que JESÚS, aparte de ser mi Salvador, me
llame SU AMIGO:
“Si ustedes
permanecen unidos a mí, y si permanecen fieles a mis enseñanzas, pidan lo que
quieran y se les dará. En esto se muestra la gloria de mi Padre, en que den
mucho fruto y lleguen así a ser verdaderos discípulos míos. Yo los amo a
ustedes como el Padre me ama a mí; permanezcan, pues, en el amor que les tengo.
Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo obedezco los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les hablo así para que se alegren conmigo y su alegría
sea completa.
Mi
mandamiento es este: Que se amen unos a otros como yo los he amado a ustedes.
El
amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos.
Ustedes son mis amigos,
si hacen lo que yo les mando. Ya no los
llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos, porque les he
dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho. Ustedes no me escogieron a mí,
sino que yo los he escogido a ustedes
y les he encargado que vayan y den mucho fruto, y que ese fruto permanezca.
Así el Padre les dará todo
lo que le pidan en mi nombre. Esto, pues, es lo que les mando: Que se
amen unos a otros.”
[(1)
San Juan 3:16 “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que envió a su Hijo
unigénito, para que todo aquel que EN ÉL
CREE, no se pierda, más tenga vida eterna”
Hechos 16; 30-31 “Luego los sacó y les preguntó: ¿Qué
debo hacer para salvarme? Ellos le contestaron: -CREE en el Señor Jesús, y obtendrás la salvación tu y tu familia”
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